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jueves, 24 marzo 2016
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SRI LANKA, LA ANTESALA AL PARAÍSO

Alrededor de dos mil años de cultura hacen de este país un tesoro que se debe conocer. Sus ruinas llenas de historia, sus playas interminables, la hospitalidad de su gente, sus elefantes y su famoso té son suficiente para describir esta maravilla conocida como “lágrima de la India”, porque queda justo debajo.

Texto y fotos: Cecilia Guridi

“Buenos días señores y señoras, bienvenidos a otro maravilloso día en Sri Lanka”.

Así abordamos cada jornada, descubriendo lo que este país tenía para ofrecer. Nos ha tocado un guía de aspecto bonachón, pero con estilo y personalidad italiana, que nos recibe cada mañana. Se llama Jude, con una sonrisa amplia y un conocimiento más grande que su corazón nos muestra que esta isla colonizada tantas veces, con cambios de nombres y de capitales, es un país fascinante y paradisíaco por donde se le mire.

A Sri Lanka la llamaron Ceylán durante la época de la colonización inglesa, como la marca de té y es que este es su principal recurso, 340 millones de kilos son exportados al año. De Sri Lanka no se sale sin saber al menos los diferentes tipos de té que existen. Nosotros acostumbrados al té negro hemos escuchado poco sobre el té blanco, que es una hoja que a la luz del sol brilla casi plateada y ha sido la exquisitez de emperadores en tiempos antiguos, como hoy de celebridades. Sirve puramente para la belleza del cuerpo y un kilo puede costar hasta mil dólares. Las plantaciones no solo adornan el paisaje montañoso que cruza la isla, sino que sustenta la economía de gran parte de la población. En Sri Lanka dicen que solo las manos de la mujer pueden cosechar las hojas, primero que nada porque las máquinas no tienen corazón y las mujeres sí. Al equivocarse de hoja, el sabor del té puede ser espantosamente amargo.

La diosa naturaleza

Un antiguo tren avanza, con humo y silbato, repleto de gente amable, transportándonos hasta tiempos coloniales para visitar pequeños pueblos, como Nuwara Eliya, la pequeña Inglaterra, llamada así por cariño. Los hoteles, ornamentados con gran lujo y al más puro estilo inglés, atienden a sus huéspedes con elegantes servicios de té. El cricket y el polo forman parte del entretenimiento en este lugar, aunque la mayoría de los turistas se suma primero a la aventura de caminar tres horas hasta las Horton Plains o el fin del mundo. El vasto silencio que provoca el paisaje cuando la tierra concluye a pique nos recuerda lo pequeños que somos frente a la naturaleza, habiendo sorteado espectaculares cascadas, encuentros con curiosos animales, lagartos de todos los colores y mariposas nunca vistas. Es tradición que al menos una vez en la vida este lugar debe visitarse. En Sri Lanka la vida entera de un ser humano se desenvuelve en torno a tradiciones fuertemente asentadas, convirtiéndose en rituales ineludibles, que los une como comunidad y de paso los santifica camino a la iluminación. De esta manera, el gran Buda está presente en todos los poblados y no hay visita turística que no incluya templos y más templos. En uno de los tantos que hay, yace uno de los seis sagrados dientes de Siddhartha. Nuestro guía nos advierte que un verdadero templo se reconoce porque posee tres elementos cruciales: una estupa, una imagen grande de Buda y un árbol Bodhi, que es una higuera y fue bajo este tipo de árbol donde Siddhartha recibió la iluminación. En Anuradhapura, patrimonio mundial de la Unesco, yace un árbol que se dice tiene directa descendencia del original donde se sentaba Buda. Lo custodian día y noche los propios miembros de la familia, dueños de esas tierras.

La actividad en todos los caminos es protagonizada por los tuk-tuk, motonetas con caparazón donde los pasajeros van sentados. En el sacudido tráfico, estos vehículos de colores capean todo lo que se cruce por delante a punta de bocinazos, bien protegidos por la fe, que la llevan en forma de improvisados altares donde siempre va instalado un pequeño Buda

Miradas intensas

Sri Lanka es arcaica y a la vez refrescante, en donde los inviernos no existen y el calor pega húmedo como una selva. Y si la soledad es la gran amenaza en las sociedades occidentales, aquí sucede todo lo contrario, el sentido familiar y de comunidad está arraigado a la cotidianidad de las prácticas sociales. En grupo se visitan los lugares sagrados, la costumbre budista obliga a que todo quien visite un templo debe vestir de blanco y estar descalzo. Las miradas son intensas, considerado mala educación no mirar al prójimo a los ojos, lo que los hace amables y conscientes de un vínculo que se produce cuando uno mira al otro verdaderamente. En toda ocasión el saludo consiste en juntar las manos como quien reza, llamado el signo de Ayubowan, que significa, “espero seas bendecido con una larga vida”. Las aglomeraciones alegres y níveas siempre son interrumpidas por las predominantes túnicas anaranjadas que usan los monjes.

Si a la población le faltaran recursos para abastecerse, este país puede sobrevivir enteramente de la palmera de coco. Su aprovechamiento es total. Recolectan el coco uniendo las palmeras con cuerdas que fabrican con la cáscara de este fruto, por donde avanzan a buscarlo cuando está maduro. Además de jugo natural y delicias culinarias que hacen con coco y especias, se prepara aceite para el cuerpo, el pelo, la cara y hasta para engañar a las sanguijuelas en los campos de arroz, haciendo que resbalen. Lo mejor es cuando en las noches le sirven a uno después de la comida el famoso Arrack, el licor hecho con la flor del coco que sabe parecido al ron, pero con suaves tonalidades de vainilla.

En los parques nacionales vimos muchos elefantes, un leopardo esquivo y un oso perezoso que con calma se paseó al frente de nuestro auto. Pero proteger de los amenazantes predadores y alentar a una tortuga de mar de solo tres días de vida, atravesar una playa entera para llegar hasta la ola y desde ahí emprender el resto de su vida, lo hace a uno  sentir que es parte de un ecosistema que fluye. Cuatro años después esa tortuga volverá a la misma orilla. A diez kilómetros de la playa de Mirissa cohabitan las ballenas azules, el animal más grande del planeta, estimando que esta es una de las únicas costas donde se las puede ver tan de cerca.

Una isla de arenas blancas, donde los pavos reales viven en abundancia, libres y forman parte del entorno natural, donde se recolectan los mejores zafiros y piedras preciosas, haciendo de las compras una preciada adquisición, donde la Unesco ha nombrado ocho patrimonios de la humanidad y en donde los coloridos festivales religiosos son precedidos por caravanas de ornamentados elefantes y fervientes seguidores, debe quedar registrado como prioridad en la lista de cosas para hacer en esta vida.

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